En el
capitalismo clásico, el de la doctrina del libre mercado sin ningún tipo de
regulación al que todavía muchos le comulgan, existe un ente que representa el
papel divino en el control del mercado. Se le conoce como la mano invisible.
Muchos aún la proclaman como la única que puede y debe regular el mercado.
Basta con escuchar el discurso de quienes justifican el capitalismo como un don
divino, acompañándolo con la promesa de retomar una economía cristiana.
La idea
de estos pastores políticos es volver algo mundano como la mano invisible un
recurso divino que consagre al capitalismo como venido del cielo. En fin, su
becerro de oro. Sin
embargo, la mano invisible no es más que una excusa para dar un papel divino al
capital y sus relaciones de producción. Es decir, para que nos inclinemos ante
el capitalismo como si este fuera un sistema económico basado en Dios y su
revelación.
El
Covid-19 ha señalado el camino del fracaso para el capitalismo de libre mercado
desregulado. El capital no tiene fuerzas sin las fichas de su juego, los
cuerpos. El sistema necesita a los cuerpos para su explotación y consumo. En
nuestro país, los telecomerciales ya no son de cuerpos desnudos sino de grandes
marcas que muestran solidaridad e invitan a quedarse en casa. En cuanto a la
explotación de los cuerpos es claro que pasa por los medios de producción. No
hay otra forma de producir sino a través de los cuerpos:
El individuo no puede actuar sobre la naturaleza sin poner en acción sus músculos bajo la vigilancia de su propio cerebro. Y, así como en el sistema fisiológico colaboran y se complementan la cabeza y el brazo, en el proceso de trabajo se aúnan el trabajo mental y el trabajo manual. Más tarde, estos dos factores se divorcian hasta enfrentarse como factores antagónicos y hostiles. (Marx, 1990 [1867])
En el
concepto de trabajo enajenado el cuerpo es consustanciado en la mercancía
producida y, por lo tanto, puesta en el mercado para ser comercializada. El
trabajo que realiza el obrero le resulta ajeno debido a que debe vender al
dueño del capital su capacidad de trabajo y el dueño del capital lo usa en su
provecho, apropiándose de la mercancía fabricada y pagándole al obrero una
cantidad por su esfuerzo, cotizable como cualquier otra mercancía.
Si te
infectas de Covid-19 tendrás que pasar mínimo catorce días encerrado en tu
habitación sin salir ni tener contacto con nadie. Esta pandemia es la
paralización de los cuerpos productivos. El ideal de toda huelga obrera lograda
por un miembro de otra especie. El Coronavirus ha revelado la dependencia del
capital a los cuerpos: "de los cuerpos a los que explota y niega y con
cuya separación fantasea sin parar material y simbólicamente" (Alba Rico,
2020).
No se
trata de equiparar el mal con el capitalismo sino de mostrar que no es divino,
no es una institución divina, es mundano. Además, es incongruente que la
intervención de Dios en el mercado, su mano invisible, sea contraria a la
imagen de Dios en la creación, los cuerpos. Y si un Dios determinista lo hizo
posible; entonces, lo perentorio es buscar qué sentido tiene el capitalismo y
no simplemente preguntarnos cuál es su injusticia. Porque un Dios así puede
hacer que sus juicios se ejecuten y sucedan conforme a la naturaleza de las
causas secundarias, sea necesaria, libre o contingentemente; a través de medios
que parezcan afirmar la libertad y la contingencia de sus causas. De manera
que, en vez de amor celestial y bendiciones universales, la posibilidad del
capitalismo muestra una determinación divina llena de ira y juicio. Lo cual
incómoda a la religión que se nutre de ideologías basuras.
Referencias
Alba
Rico, Santiago. "Apología del contagio". Contexto y Acción. 258,
2020. Web: https://bit.ly/2UM152d
Marx,
Karl. Capital, Volumen 1. Londres: Penguin, 1990 [1867].
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