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El Mercado y la Ética Protestante como sumandos del Individualismo Político


Donde quiera que se reúnan los ciudadanos, emerge el mercado. Todas las relaciones están reguladas por el mercado y esto es muchas veces atribuido a la naturaleza humana, todos los intercambios en los que existe acuerdo entre las partes producen satisfacción, es por eso que el marcado garantiza mejor las libertades de las personas. Según Arthur Seldon, “el capitalismo […] responde a las necesidades y aspiraciones elementales de los ciudadanos” (Seldon, 1994) debido a la concepción de la naturaleza del hombre como egoísta, depredadora y dominadora.

El individualismo en John Stuart Mill tiene como condición de posibilidad la libertad. Todos los seres humanos debemos ser capaces de auto-constituirnos y para eso no debe haber ningún obstáculo que impida el desarrollo libre de cada individuo. Para la sociedad es más conveniente el individualismo en el sentido en que cada miembro tenga todas las condiciones y ningún límite para desarrollar su carácter y capacidades.

Por esta razón, no podemos estar de acuerdo con la frase de Otto Von Bismarck, “La libertad es un lujo que no todos pueden permitirse”, porque es claramente una tesis que estipula un límite o privación del goce de las condiciones de posibilidad para el desarrollo del ser humano. Aplicar a una sociedad lo que dice Bismarck impediría que todos los ciudadanos tengan las mismas posibilidades de desarrollo, implicaría que un grupo de individuos se sometiera a las reglas o costumbres de una comunidad en particular sin tener la posibilidad de poder expresar su carácter. Por lo tanto, la sociedad que considere la libertad solo para una parte de sus integrantes estaría creando obstáculos para sus ciudadanos, estaría desperdiciando las capacidades de sus individuos que podrían aportar beneficios a su comunidad.

Reymersuwaele. El cambista y su mujer.
Musée de Beaux Arts. Valenciennes
Decir que la libertad es un lujo es otorgarle un valor intrínseco a esta y para el utilitarismo de J.S. Mill las cosas no tienen un valor en sí mismas sino en las posibles consecuencias benéficas para la mayor parte de las personas. El despliegue de las individualidades genera progreso para la sociedad, si existe un grupo dentro de esta que no disfruta de las condiciones necesarias para generar progreso no se estaría tomando el criterio necesario para la masificación del beneficio de todos en alcanzar un mayor desarrollo y avance.

Una sociedad en la que el individuo se sabe distinto del común, del resto del pueblo, en la que no hay una masa uniforme y homogénea sino un grupo de individualidades que le dan pluralidad a la sociedad que conforman. Para que la colectividad no se estanque, sino que haya un avance continuo, un desarrollo imparable de las personalidades particulares, lo cual se reflejará en un progreso comunitario hacia una cultura democrática, calidad de vida y buena convivencia.

El espíritu del capitalismo encuentra incubación en la ética protestante, específicamente la calvinista, que concibe al hombre como criatura de Dios y que por esta condición no puede acercarse a él. Por lo tanto, este sentimiento de aislamiento lo conduce a un estilo de vida individualista; el protestantismo entiende que no se necesita un intermediario, como la iglesia, para poder acercarse al creador (Weber, 2001). La tarea del hombre en la ética protestante es cumplir con sus deberes morales que están estrechamente relacionados con el trabajo (Weber, 2001), permanecer en el trabajo y mantenerse firme en su vocación es quedarse con la bendición platónica de no ser expulsado de la ciudad ideal. En otras palabras, es un tipo de movimiento, de actividad, es un proceso de subjetivación política en la que se reconfigura una nueva realidad de lo perceptible. Así es que el protestante del siglo XVI no destruye las instituciones reguladoras del mercado (escuela, iglesia y familia) sino que las reforma para emancipar sus libertades. El hombre bajo la ética protestante encuentra la emancipación de su individualidad, no en el consumo sino en el trabajo y la producción; según Weber, es “una persona que trabaja sin descanso, que ahorra porque evita gastos innecesarios y que, por tanto, puede formar un capital e invertirlo en fines productivos” (Weber, 2001).

Referencias

Seldon, Arthur. Capitalismo. Barcelona: Unión Editorial, 1994.

Weber, Max. La ética protestante y el "espíritu" del capitalismo. Madrid: Alianza editorial, 2001.

Yazigi, Catalina. Reseña de "El espectador emancipado" de Jacques Rancière. Aisthesis, 2011 (50), 277-280.


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