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Corporalidad trágica

La corporalidad trágica acepta la apariencia de la cosas y afirma su realidad. Pero tiene un carácter ambivalente.

Las pretensiones del cartesianismo tienen un costo político altísimo porque excluyen de la palestra política a la vida cotidiana, a lo corporal y a las condiciones materiales de los individuos. Las cosas materiales y extensas no deben dirigir el debate político; en palabras de Descartes «la extensión ocupa lugar, el cuerpo tiene extensión, y la extensión no es cuerpo» (Descartes, 1980). En consecuencia, el cuerpo extenso es asunto de la física y la medicina, no de la ética y la política. 

El pensamiento cartesiano como pensamiento moderno obligó a pensar en lo político bajo la distinción entre las cosas y los pensamientos, la razón y la experiencia, lo corporal y lo descorporeizado. De las nociones cartesianas se alimenta el liberalismo ilustrado para realizar su distinción entre lo público y lo privado, la propiedad y la división del trabajo. El cuerpo empezó a aislarse como un asunto privado sin importancia política.

Una cartografía del concepto estético desde el siglo XVIII muestra cómo este se ha modificado en el discurso político. Al principio la distinción entre lo material e inmaterial pretendía ser emancipadora del sujeto, otorgarle libertad de pensamiento y ayudarlo a alcanzar la verdad. Cuando se empezó a entender la estética como dedicada a lo terrenal y material empezó a ampliarse el sentido de racionalidad con las nociones de cuerpo y percepción, se empezó a ver al científico como un ser humano con cuerpo que podía ser afectado por las percepciones del medio. 

El científico comenzó a ser un técnico que le da importancia a los datos que obtiene de la naturaleza bajo la experimentación. Así, la ciencia construía conocimiento de la realidad bajo estructuras subjetivas, como lo muestra el pensamiento historicista de la ciencia, prácticas que no eran indiferentes a la propuesta estética. Esto le dio un sentido subjetivista a la construcción de conocimiento acerca del mundo y reveló la importancia que para éste tienen los sentidos, en tanto que son parte del cuerpo. El discurso del sujeto y de la experiencia se transformó en un discurso del cuerpo.

Nietzsche afirma que la tragedia en las obras de los poetas griegos, Esquilo y Sófocles, nos debe llevar a concebir la vida así mismo como se nos manifiesta, con sus placeres terrenales, sus males y miserias, aceptar el mundo tal y como es. La muerte de la tragedia empieza con Eurípides reaccionando contra aquella visión trágica del mundo y la vida. Dicha muerte consiste en contradecir el mundo sensible y en la búsqueda de algo más allá de la simple apariencia de las cosas.

La estética consiguió darle autoridad al discurso de la apariencia de las cosas, como en las obras de arte, consiguió que el sujeto lograra identificar leyes desde su propia identidad libre y no en algo externo más allá de él. En cierto sentido la estética consiguió esto porque logró unificar los conceptos clásicos de autonomía y libertad que discursaba la razón, la más inmaterial de las facultades, con las nociones de subjetividad y cuerpo.

El absolutismo político le temía al discurso clásico de la razón porque representaba un peligro de rebelión debido a que motivaba a la búsqueda idealista de no conformarse con la realidad política en la que se vivía ocasionando las revoluciones burguesas de finales del siglo XVIII. Esto hizo que el discurso corporizado de la estética tomara importancia política. Es así como la estética nace como discurso corporizado o del cuerpo, como una ciencia de la percepción y de los sentidos con un interés en lo material y un enfoque en las sensaciones.

La corporalidad trágica acepta la apariencia de la cosas y afirma su realidad. Pero tiene el carácter ambivalente de condicionar el ejercicio político a un reconocimiento de la materialidad corporizada pero al mismo tiempo marcar la pauta de su movimiento y desarrollo, porque la corporalidad trágica no es algo inherente e inamovible, también es un proceso creativo y de construcción performativa. En palabras de Terry Eagleton, "si lo estético es un asunto peligroso y ambiguo es porque hay algo en el cuerpo que puede ocasionar una revuelta contra el poder que lo marca; y ese impulso sólo puede erradicarse si se extirpa con él la capacidad de autentificar este mismo poder" (2006, p. 30).

Supervisora de ganancias durmiendo (1995)
Lucian Freud, pintor realista inglés

Referencias

Eagleton, Terry. La Estética como Ideología. Trotta: Madrid, 2006.

Descartes, René. Meditaciones Metafísica en "Obras Escogidas". Charcas: Buenos Aires, 1980.


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